Cien euros
Sonja Blonde
¿Cómo reciben a sus compatriotas en el extranjero los que ya viven allí? ¿Les ayudan con gusto o intentan aprovecharse de su falta de conocimientos locales? A través de las emocionantes aventuras de Melinda, que se traslada a la isla de la Eterna Primavera, conocemos algunas actitudes típicas.
79 páginas.
Cien euros (extracto)
Sonja Blonde
El 1 de marzo el avión aterrizó a las 17.30 horas en la pequeña isla, que estaba cubierta por segundo día consecutivo de una fina nube de polvo procedente de la calima. El aeropuerto bullía de turistas húngaros recién llegados. Muchos de ellos explicaban en voz alta a sus compañeros de viaje, para que otros también lo supieran, a dónde se irían, qué ciudades visitarían y cuánto tiempo se quedarían en la isla. Sobre todos los que, como Melinda, arribaban por primera vez a la isla de la eterna primavera.
La chica salió del aeropuerto entusiasmada. Al salir sintió en el rostro el aire caliente procedente de África. El calor abrasador le sentó muy bien después del frio y lluvioso clima del que venía. Metió el abrigo en la maleta y se echó al hombro la pequeña mochila con una sonrisa. Se sintió desbordada de felicidad al ver la carretera que corría desde el aeropuerto hasta a la autopista bordeada de palmeras. Tibor le había dado instrucciones precisas sobre la parada del autobús en la que debía situarse frente al paso de peatones.
El chico hizo varias vueltas con rutina, pasando por delante del edificio del aeropuerto una y otra vez hasta que vio a Melinda de pie bajo la señal del autobús veintitrés. Encendió las luces de emergencia, metió las dos maletas en el maletero en un santiamén, le abrió la puerta a la chica y, para cuando ella se hubo abrochado el cinturón de seguridad, él ya estaba de camino. Mientras tanto, nadie tocó el claxon ni maldijo. Los coches los esquivaban por el otro lado de la estrecha carretera de dos carriles y de un solo sentido y seguían adelante. Por lo general, así era como la mayoría de la gente se las arreglaba para recoger pasajeros o, a la inversa, para dejarlos en el aeropuerto. Sobre todo los que no tenían licencia de taxi y no querían llamar la atención.
—Muy importante —dijo Tibor en cuanto el cinturón de seguridad hizo clic—, soy tu primo y has venido a visitarme. Aún no sabes cuánto tiempo te quedarás, porque es posible que tengas que volver a casa dentro de unos días por un trabajo importante. Por eso no tienes pasaje de regreso. ¿Lo has entendido?
Melinda se quedó sin habla.
—No suele ser un problema —continuó el chico—, pero es mejor estar prevenido. Este traslado te costará ahora veinticinco euros, con descuento especial para ti, por favor, deja el dinero en la guantera, debajo del cuaderno que hay dentro. ¿O tengo que devolverte dinero? Porque entonces hay un cenicero en el reposabrazos, con cambio dentro. Mira si hay suficiente —dijo todo esto de un respiro, apresuradamente.
Melinda se quedó paralizada un momento.
Nunca imaginó que Tibor iría a recogerla al aeropuerto por dinero. Necesitó de todas sus fuerzas para ocultar su sorpresa y decepción. Eran compatriotas… el sobrino de su jefe…
El chico no se percató de nada. Para él era natural no mover un dedo gratis, y menos por turistas. Por no hablar de los adinerados. Para ellos todo empezaba al doble del precio. Normalmente cobraba quince euros por un traslado a la ciudad que se encontraba a sólo diez kilómetros del aeropuerto, pero como ella era una de las propietarias de la mayor empresa proveedora de artículos de papelería del país, al principio quería cobrarle treinta. La inexperta Melinda tardará un tiempo en descubrir que un taxi la llevaría hasta la otra punta de la isla por esa cantidad.
Melinda se paró satisfecha en medio del salón del apartamento de una sola habitación. Era nuevo y estaba equipado con muebles modernos. Miraba sonriente la primera etapa de su nueva vida. Un instante después, estaba contemplando las vistas desde el balcón. No se veía el océano, pero la compensaba saber que había una piscina climatizada en el patio que daba a la otra fachada esperando a que ella se zambullera. Aunque el termómetro marcaba veinticinco grados, el aire parecía mucho más cálido. Por lo general no le gustaba el viento, pero esta vez le sentó bien. Por fin había llegado el momento que llevaba esperando desde que vio a su prometido y a su mejor amiga practicando sexo. En esta isla por fin no tendría que ir por la calle con la cabeza gacha. Aquí nadie sabe que la han engañado, jugado con sus sentimientos, humillado y abandonado. Nadie la mirará con ojos compasivos y llenos de lástima, y nadie le preguntará si ha asimilado ya lo ocurrido. Odiaba que, justo cuando había conseguido pasar unos días sin ver la distorsionada expresión de placer de Gábor, siempre llegara alguien para hacérselo recordar. En esta isla sólo era una mujer joven, nada más. Hasta entonces no tenía ni idea de la libertad que suponía ser una desconocida. Se puso su bañador, se colgó la toalla al cuello y se dirigió a la piscina.
Tibor observaba a Melinda con indiferencia, mientras ella le hablaba con entusiasmo de su familia.Por el costoso reloj de joyería que llevaba en la muñeca, los delicados movimientos de sus manos y su forma de vestir, se veía de lejos que era una mujer de clase acomodada. Una joven amable, encantadora, ingenua y rica, siempre esperando que los demás le resolvieran la vida. Mientras escuchaba, se preguntó si Melinda era consciente de que su blusa de satén dejaba en evidencia el sudor. Bajo su axila, una mancha de un tamaño considerable indicaba que tenía calor. La ajustada blusa sin mangas le apretaba los pechos de una forma poco favorecedora, parecía que intentaban abrirse paso por debajo de sus axilas.
—¿Has visto ya a Edit? —interrumpió al cabo de un rato a la chica que parloteaba alegremente.
—Aún no, hemos quedado para mañana. Espero poder mudarme lo antes posible para poder comenzar la búsqueda con mayor tranquilidad.
—¿Sólo quieres vivir de las rentas de los apartamentos?
—Supongo que sí. Después se verá que más sale, ¿no crees?
—Tu sabrás. Yo estoy pensando en expandirme. Es también una buena inversión, puede que lo encuentres interesante.
—¿Qué tipo de inversión?
—Quiero comprar coches. No muchos, tres o cuatro. Para dar en alquiler. Se rentabilizará más rápido que un apartamento. Tengo una clientela consolidada y nunca hay suficientes coches. Los daré más barato que nadie, en el mercado negro, por supuesto. También hago traslados del aeropuerto, y para eso es bueno tener tantos coches como te sea posible. Vigilan a los taxistas ilegales, aunque yo nunca he tenido problemas.
Melinda se quedó pensativa. ¿Y si se comprara un apartamento y uno o dos coches? Así tendría más opciones sobre las que apoyarse. Tibor era sobrino de su jefe, podría confiar en él.
—¿Cuántos coches tienes ahora?
—Digamos que cinco —dijo el chico de forma evasiva—. Tengo varios inversores cuyos coches gestiono. Como compartimos los beneficios, me interesa que el negocio vaya lo mejor posible, para que todos salgamos beneficiados. Ellos no se preocupan de nada, sólo reciben el porcentaje acordado. Ya sabes, ingresos pasivos.
Miró de reojo a Melinda para ver si lograba convencerla, o al menos hacerla reflexionar al respecto. Le pareció que la relajada conversación sobre dinero fácil e inversores que confiaban ciegamente en él había funcionado. Y Tibor intentó actuar mientras el hierro estuviera candente.
—Un conocido mío compró varios coches de británicos que están volviendo a su país. Ya sabes, la mayoría están liquidando sus vidas aquí, ya que el Brexit les ha quitado muchas posibilidades. Están vendiendo sus propiedades y coches a buen precio para deshacerse de ellos lo antes posible. Así que, ahora mismo puedes hacerte con coches en muy buen estado y a muy, muy buen precio, si te interesa. Le he pedido que espere una o dos semanas más antes de ponerlos a la venta.
Melinda no tenía forma de saber qué tipo de coches eran. Estaba casi embriagada con la idea de convertirse pronto en una empresaria de primera clase, con coches y apartamentos. Tendría operarios que seguirían haciéndola ganar dinero e incluso le quitarían responsabilidades de encima. Ni siquiera se dio cuenta de que estaba sonriendo.
—Si quieres podemos ir a verlo algún día, incluso ahora mismo, para que tengas tiempo de pensártelo. Estoy seguro de que yo mismo compraré por lo menos dos, rara vez se presenta una oportunidad como ésta.
—Vale, ¡vayamos ahora mismo! —respondió ella entusiasmada.
En el estacionamiento, donde se había concertado el improvisado encuentro, había dos parejas jóvenes. Según se supo más tarde, una acababa de llegar en taxi desde el aeropuerto, y la otra pareja les había proporcionado un coche de alquiler. Tuvieron que esperar porque no se podía cerrar ningún trato sin Benedek, alias Ben el chanclas. Para mayor seguridad, Ben guardaba todas las llaves y llaves de repuesto de los coches que gestionaba, y él era el único que podía entregar y recoger los coches de alquiler, así como los 100 euros que cobraba como fianza. La pareja que alquilaba su propio coche a través de Ben sólo tenía que mantener el contacto con los clientes. La comisión la recibían mensualmente de Ben, un hombre que tenía todo el aspecto de un vendedor de rastrillo.
Ben obtuvo el apodo de «el chanclas», ya que ese era su único calzado conocido, siempre iba en las mismas chanclas de playa desgastadas. Nunca se ponía calcetines sobre sus amarillentas uñas de los pies, aunque en realidad tampoco era necesario. Rara vez llovía en la parte de la isla donde se movía, y el aire nunca bajaba por debajo de los veinte grados. De su boca por lo general siempre colgaba un cigarrillo, usualmente liado por él mismo. De tanto fumar, tenía los dientes y las uñas de los dedos amarillentos por la nicotina.